Fecundación
Durante la eyaculación, el hombre expulsa entre 40 y 300 millones de espermatozoides que deben recorrer
el cuello del útero y el útero hasta llegar a las trompas de Falopio, lugar donde pueden encontrase con el óvulo. Los espermatozoides pueden vivir en las trompas entre 24 y 72 horas y el óvulo 48 horas tras la ovulación.
A las trompas llegan cientos de espermatozoides, pero sólo uno consigue atravesar la zona que envuelve
al óvulo (zona pelúcida) y producir la fecundación, que es la fusión de la carga genética del óvulo con la carga genética del espermatozoide que lo ha penetrado. Cuando un óvulo y un espermatozoide unen sus cargas genéticas se forma una célula (cigoto) con el número normal de cromosomas de la especie humana, pudiendo desarrollarse un embrión y, posteriormente, un feto. El cigoto sufre repetidas divisiones, primero en 4 células, luego en 8 y así sucesivamente, hasta que llega a tener más de 16 células (mórula). Entre el cuarto y quinto día la mórula se convierte en blastocisto, que es una esfera de células hueca, con líquido en el centro.
Una parte de estas células dará origen a la parte fetal de la placenta, y el resto al embrión. Seis días después de la fecundación, el blastocisto se fija al endometrio mediante un proceso que se denomina implantación, que, generalmente, se produce en la parte posterior del fondo del útero (véase la figura 8).
En resumen, para que pueda producirse la fecundación debe existir:
Un óvulo maduro y sano.
Espermatozoides móviles normales.
Un tracto reproductor femenino (útero y trompas de Falopio) que permita que se encuentren los espermatozoides y el óvulo.
Las condiciones hormonales apropiadas que dan soporte al óvulo y al espermatozoide y les permiten desarrollarse.